jueves, 2 de junio de 2011

martes, 5 de octubre de 2010

Del otro lado


También puedo ser codicioso; fíjate, pero fíjate bien porque no suele pasar seguido, o al menos de este lado donde las cosas son menos tangibles, menos a sabor a café y a piloncillo. Cómo pasan los pensamientos de mano en mano, brincan y se zambullen como truchas en un estanque; me viene un pensamiento color pálido de trigo, uno que huele a tu cabello húmedo, y otra vez… con la misma altura del brinco se zambulle; ahora estoy pensando cómo decirlo, qué palabras ocupar en este momento que me atrevo, ahora que estás aquí aunque no te veo, que estás sentada junto a mí tan quieta, pero sonriendo…

Quizá ahora venga la gata con su listón de terciopelo, o esa polilla tan latosa que me emborracha con tantas vueltas que da a la bombilla. ¿Qué camisa me pondré? Sé que está de más si es roja o amarilla, a fin de cuentas aunque estás aquí no me puedes ver.

Ahora ya estás mirando cualquier esquina, te pierdes en este lado y me es difícil encontrarte; ya no cuentes el número de colillas en mi cenicero, ni mires el pulso temblorín de estas manos que te tocan aquí y tú allá ni las sientes.

¡Ya sé! Comenzaré con un beso, de esos pequeñitos que se dan en la mejilla, después quizá me atreva a verte a los ojos, y sin decir nada te diga (no en forma verbal), que te amo. No pongas esa cara, ahora resulta que no lo sabías; mira con qué altivez te subes a la mesa y me muestras la barbilla. Me da risa ver cómo te mueves de puntillas en cada coma y punto, en cada párrafo y aquí en cada latido.

Niñita de pausas y roces, de chapitas y lunares. ¿Sabías que una mirada tuya basta para volver a enfermarme de ti, que tu saludo me hace el día y se iluminan mis ojos al verte tan bonita parada en la avenida? Sí… eres de cierto modo un malestar, incluso me dueles justo ahora en la muñeca, en la palabra que hoy escribo y no imagino cómo suena, me dueles estando tú del otro lado, allí donde yo no estoy y aquí te tengo abrazando.

A veces te veo en el pasillo caminando conmigo susurrando, o en el pupitre de enfrente con tus labios apretados, pareces un pingüino con ese saquito morado.

Amor mío, qué afán el tuyo de mostrarme tu amor interregno, de acariciar mi espalda y enseguida pellizcar mi pierna. ¡Te quiero tanto! pero qué vas a saber tú que estás allí y no estás aquí para comprobarlo.

No quiero parecer interesado, pero te quiero sólo porque contigo soy mejor, porque soy más joven y menos estúpido, porque incluso la cerveza sabe mejor cuando no se mide el vaso, y no se tiene en la cabeza la responsabilidad de ir a algún lado.

No soy oportuno ni interesado, eso lo sabes bien, lo sabes allá donde yo no existo, donde me miras pasar contigo y tú no estás aquí conmigo de la mano.

Ahora me estás doliendo en la pupila, y otro pensamiento se zambulle y se me pierde. ¿Por qué no te quedas quieta? Mira que es difícil escribir cuando te tengo aquí y tú no estás para dictarme. Bendita terquedad la mía de existir en otra parte, de ser ahora codicioso y desear mirarme justo allí del otro lado de la calle.

¡No te vayas! No me dejes contigo aquí donde yo no estoy y te sigo allí para estar sin ti, atrévete a cruzar o invítame a mí a intentarlo, mejor quédate aquí conmigo y yo siempre allá sin ti del otro lado.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un día de misantropía

Un modesto despertador sonó a las seis treinta de la mañana, acostumbrado al mal trato matutino con sus típicos golpes para silenciarlo. Sonó como una trompeta cerca del oído; su intención era la de un capataz con grito y balde de agua. Fue ignorado.

En los tiempos consecuentes las frazadas picoteaban, pesaban como lozas de hormigón, y los rayos del sol entraron por la ventana con los mismos deseos de fastidiar.

Era martes, o miércoles, o jueves qué más da... Era uno de esos días, de aquellos días que no son días, en los que hasta el saludo más sencillo se vuelve peyorativo; ahí, donde la rutina se muestra en primer plano, donde la mueca más elaborada y pintada se tiñe de hipocresía.

Y el hombre cepilló sus dientes sin la intención de mirarse al espejo, estaba cansado de mirar siempre lo mismo o quizá era el reflejo el que estaba ya harto de él: ropa arrugada y cabello enmarañado fueron sólo forro de un ser incorpóreo. En un convexo punto de su juicio, su pensamiento etiquetó, señaló a los ignorantes e iracundos, a los obesos y enanos, miró con desdén a un ejercito de niños desfilando con estruendo en el bloque continúo a los caminos, tomó con delicadeza a la solidaridad y la arrojó por la ventana la empatía se perdió en un parpadeo, en el movimiento de sus dedos tejió imaginarias caricias de mazapán y recordó con furia a los pretenciosos filántropos colocando más cerezas a su pastel (sus corazones se habían hinchado de gula). También contempló la buena obra, presa en fundaciones, en templos, en discursos...

En los mares eternos del arte pintó garabatos sobre el icono y el concepto, comprendió la postura indiferente del hombre negando el roce de su dedo con el del creador: con su vestido afeminado en la obra de Miguel Ángel, le aplaudió al Bosco y Blake, alabó a Sade y a Milton. Descansó.

Desechó la música y la poesía, ocultó la sonrisa, empañó los abrazos, y en su bolsillo el beso dormitó.

El hombre juzgó a Dios, miró al cielo y escupió, se armó de amenazas, se ciñó de burlas y coqueteó con la muerte, aplaudió el aborto, justificó la pena capital, le guió un ojo a la eutanasia, comprendió los terremotos, las marejadas y las guerras... se burló del cojo y le susurró chistes sátiros al sordo, le mostró una flor al ciego y le negó la sonrisa a un niño.

Guisó con ajo platillos de amor: lo hizo estofado, lo cosió con limón, le agregó sal y pimienta, lo enrolló y cubrió de vinagre, lo hirvió con leche amarga y con vidrios lo empanizó.

La roca desconoció a la serpiente y la serpiente se incomodó en su guarida. Hubo lluvia y trueno, ceniza y langosta. Ese hombre subyugó su corazón, su oscuro don le permitió conocer la verdadera naturaleza humana, sin antifaz ni maquillaje, sin eufemismos ni etiquetas, supo que todos eran como él, sólo que se esforzaban en no escucharse, pues así les resultaba más cómodo vivir con ellos mismos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Las intermitencias de viajar

L

levaba un camisón beige, tejido de estambre y con botones grandes color de miel, también unos gens ajustados a su esbelta y delicada figura. Yo leía a Saramago cuando ella abordó; se sentó frente a mi banca deslizando un mechón de cabellos tras su oreja izquierda (llevaba anillos de plata y una pulsera de piedritas negras). Eso fue quizá, el preludio de mi atención desmedida, una simple miradita que sirvió de pauta y de la desatención total de mi lectura.

Me acomodé. Miré tras la ventanilla deseando escapar de allí, como para brindarle un descanso a mi mirada comprometida, a estas pupilas deseosas de tocar, de dormitarse en los carrizales de su cabello castaño, de besar sus plantas, de recorrer su piel…

Eché otro vistazo; fugaz, como siguiendo el vuelo de una mosca que no estaba allí. Llevaba pendientes medianos con forma de gotas de agua, y en el cabello una peineta que hacía juego con el camisón. Luego; mis ojos con descaro se atrevieron a mirar su rostro ―y digo: se atrevieron, sólo por hallar a los culpables―; sus ojos parecían dos lámparas encendidas que recorren una habitación oscura y llena de agujeros, era una mirada curiosa que brincaba de aquí para allá como deseando descubrirse, quizá implantando juicios y haciendo comparaciones; no quise correr riesgos, así que me mantuve quieto para no llamar su atención.

No funcionó. La portada llamativa de mi libro se atrevió a gritar, a hacer señas desesperadas para que lo vieran ―y no se diga del título que a cualquiera lo detienen a pensar―: “Las intermitencias de la muerte” Luego, luego me miró a la cara como si de ella brotara los rasgos de una deprimida persona, como si aquel título me determinara «Uno es lo que lee». Fue lo primero que pensé; traté de responderme a eso con una frase divertida y sagaz, pero con los nervios, nada se me ocurrió. Ahora bien, lo bueno de ello fue que era Saramago y no cualquier escritor de simple etiqueta, pues no me imaginó como un fiel adepto Harripoteano.

Me miró dos segundos y medio, y lo digo de forma específica porque los conté. No niego que era muy hermosa, rasgo por el cual me hacía sentir incomodo; sentía correr la sangre hasta mis orejas. En ese punto, cualquier gesto que intentes para demostrar seguridad parecerá estúpido. Sólo sonreí: estocada perfecta para obligarla a inclinar la mirada, para hacerla sentir también incomoda y comprometida en devolvérmela. No lo hizo. Llevó en esa mirada la fantasía para hundirla en la punta de sus botines.

El aire que filtró por la ventana trajo consigo el aroma de su crema humectante (savia, pepinillo, aloe vera), estaban yuxtapuestas, como notas de clavicémbalo entre un ambiente inquieto, casi virginal, fanfarronero…

“Eres uno más de mis personajes” Me dije en mis adentros, con la diferencia, claro está, que ninguno de ellos me devuelve la mirada. Después fingí dormirme, cerré los ojos un momento y al abrirlos, ya no estaba allí, se había marchado… En la próxima estación, alguien más la remplazó.

jueves, 22 de julio de 2010

Reproche


Migajas de estos años han quedado, barridas ya por recuerdos fríos, vagos, desolados. Me arden las manos y se hinchan mis labios. ¿Tan diferentes somos? Mientras tú oyes la trova de Aute, yo escucho a Edith Piaf, y mientras yo leo a García Lorca, tú te entretienes con Anne Rice. ¿Tan ambigua será mi pluma para que no la quieras escuchar?

En este cuarto de espirales, mis ojos con tortura sólo ven bailar a tus fantasmas, a las sombras que tu cabello de ébano proyectan en viejas hojas blancas que nunca logro llenar. ¿Qué se hizo de aquellas tus mejillas de girasol, de tu frente de hierro? La luna ha guardado silencio, tímida está del goteo del verso, asustada quizá de la muerte de un mediocre talento.

Han sido muchas noches de citas interrumpidas, cientos de palabras mal escritas, rincones perfumados por mil y un cigarrillos, fantasías incumplidas, manos de ceniza, caricias reprimidas. Címbalo que retiñe fue el canto del ruiseñor, fanfarrona su estampa y su prosa, decadente fue mi palabra y mi esperanza como espina de una rosa.

Hoy, aquí en este desértico cuarto, donde los demonios de mi pasado manipulan la luz de sus astros, y cual mirada soñadora pareciera danzar sobre los bordes de las hojas ¡te recuerdo! y mis dedos excitados gotean sangre a causa de tu indiferencia de dardos.

Olvidadas fueron las historias de luna, las anécdotas de batalla, los cantos de una vida embriagada, los recitales que desde mi cama entibiaban mi habitación hasta la madrugada.

Te hablé de la manecilla de mi tiempo, te conté el secreto del astro nocturno, te revestí de estrellas... fuiste el latir de mi pecho, la idea gritando en mi cabeza, la estela de mi pluma encantada, la razón de unir palabras.

Pero, simplemente tú de mi mano te escondías, me negaste tu mirar y tu sonrisa, me hiciste mascullar en mis noches frías, envidiar a tu gato de las caricias que debieron de ser mías.

Soñar con la palma de tu mano que nunca estreché, negociar con tu almohada el beso que no te robé, imaginar el calor de tus pechos que nunca acaricie y el candor de tu sexo que no apagué.

A través de un prisma resalta tu elegancia, cuando de las rondas sátiras el astro te mira. ¿Dónde quedó de ayer tu fragancia? Si hoy tu encanto en mis manos se termina. De tu imagen por un momento me olvidaré, te dejaré escapar como el humo de este cigarrillo que seguramente fui para ti; quizá mañana vuelvas, oculta en la voz de aquel, que estas palabras recite sin saber lo que hice por ti.

martes, 20 de julio de 2010

TENGO

Para hacer un recuento tendré que sentarme aquí frente al espejo y mirarme. ¡Sí! Así de sencillo...

Tengo muchos motivos para hacer esto; uno de ellos es porque quizá desconozco yo mismo lo que poseo, otro es que tal vez sólo debo contarlo y ponerlo en orden (Por tamaño, por color, por estimación).

Yo tengo un baúl lleno de recuerdos, un par de tenis viejos, una colección de monstruos con polvo de esqueletos, tengo un bolígrafo sin tinta y un puñado de versos incompletos, un morral manchado y lleno de agujeros.

Tengo dos arañas en la esquina, viéndome y callando, una cigarra dando vueltas a la bombilla (está creando), también está soñando.

En los tarros se ha adherido el sabor a malta y alquitrán, hay hormigas desfilando bajo torres de canela, también tengo en mis bolsillos mazapán y hierbabuena, un juego de llaves oxidadas, un gastado reloj que camina y suena.

Tengo en un saco una foto y vino añejo, tengo nube y cisne, tengo un tarrito de miel y una luna que para algunos no existe.

Tengo columnas de libros, novelas sátiras, tesoros teológicos y textos oscuros, tengo poesía y vinagre, tengo al arte colgando de mis ventanas, mi frente llena de sangre, una campanilla, una vela sin prender, tengo una melodía que suena sola en el aire, una mosca que no paga alquiler, una biblia muy leída pero poco usada, tengo un pecho vacío, un callo en mi dedo, tengo aliento, tengo un pan y tengo mil caricias, tengo calor y más de mil besos nuevos, tengo un rose y un susurro, tengo esperanzas y fe, un abrazo tibio y una almohada extra, tengo, tengo, tengo... tengo todo eso, pero no te tengo a ti.