jueves, 22 de julio de 2010

Reproche


Migajas de estos años han quedado, barridas ya por recuerdos fríos, vagos, desolados. Me arden las manos y se hinchan mis labios. ¿Tan diferentes somos? Mientras tú oyes la trova de Aute, yo escucho a Edith Piaf, y mientras yo leo a García Lorca, tú te entretienes con Anne Rice. ¿Tan ambigua será mi pluma para que no la quieras escuchar?

En este cuarto de espirales, mis ojos con tortura sólo ven bailar a tus fantasmas, a las sombras que tu cabello de ébano proyectan en viejas hojas blancas que nunca logro llenar. ¿Qué se hizo de aquellas tus mejillas de girasol, de tu frente de hierro? La luna ha guardado silencio, tímida está del goteo del verso, asustada quizá de la muerte de un mediocre talento.

Han sido muchas noches de citas interrumpidas, cientos de palabras mal escritas, rincones perfumados por mil y un cigarrillos, fantasías incumplidas, manos de ceniza, caricias reprimidas. Címbalo que retiñe fue el canto del ruiseñor, fanfarrona su estampa y su prosa, decadente fue mi palabra y mi esperanza como espina de una rosa.

Hoy, aquí en este desértico cuarto, donde los demonios de mi pasado manipulan la luz de sus astros, y cual mirada soñadora pareciera danzar sobre los bordes de las hojas ¡te recuerdo! y mis dedos excitados gotean sangre a causa de tu indiferencia de dardos.

Olvidadas fueron las historias de luna, las anécdotas de batalla, los cantos de una vida embriagada, los recitales que desde mi cama entibiaban mi habitación hasta la madrugada.

Te hablé de la manecilla de mi tiempo, te conté el secreto del astro nocturno, te revestí de estrellas... fuiste el latir de mi pecho, la idea gritando en mi cabeza, la estela de mi pluma encantada, la razón de unir palabras.

Pero, simplemente tú de mi mano te escondías, me negaste tu mirar y tu sonrisa, me hiciste mascullar en mis noches frías, envidiar a tu gato de las caricias que debieron de ser mías.

Soñar con la palma de tu mano que nunca estreché, negociar con tu almohada el beso que no te robé, imaginar el calor de tus pechos que nunca acaricie y el candor de tu sexo que no apagué.

A través de un prisma resalta tu elegancia, cuando de las rondas sátiras el astro te mira. ¿Dónde quedó de ayer tu fragancia? Si hoy tu encanto en mis manos se termina. De tu imagen por un momento me olvidaré, te dejaré escapar como el humo de este cigarrillo que seguramente fui para ti; quizá mañana vuelvas, oculta en la voz de aquel, que estas palabras recite sin saber lo que hice por ti.

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