viernes, 13 de agosto de 2010

Las intermitencias de viajar

L

levaba un camisón beige, tejido de estambre y con botones grandes color de miel, también unos gens ajustados a su esbelta y delicada figura. Yo leía a Saramago cuando ella abordó; se sentó frente a mi banca deslizando un mechón de cabellos tras su oreja izquierda (llevaba anillos de plata y una pulsera de piedritas negras). Eso fue quizá, el preludio de mi atención desmedida, una simple miradita que sirvió de pauta y de la desatención total de mi lectura.

Me acomodé. Miré tras la ventanilla deseando escapar de allí, como para brindarle un descanso a mi mirada comprometida, a estas pupilas deseosas de tocar, de dormitarse en los carrizales de su cabello castaño, de besar sus plantas, de recorrer su piel…

Eché otro vistazo; fugaz, como siguiendo el vuelo de una mosca que no estaba allí. Llevaba pendientes medianos con forma de gotas de agua, y en el cabello una peineta que hacía juego con el camisón. Luego; mis ojos con descaro se atrevieron a mirar su rostro ―y digo: se atrevieron, sólo por hallar a los culpables―; sus ojos parecían dos lámparas encendidas que recorren una habitación oscura y llena de agujeros, era una mirada curiosa que brincaba de aquí para allá como deseando descubrirse, quizá implantando juicios y haciendo comparaciones; no quise correr riesgos, así que me mantuve quieto para no llamar su atención.

No funcionó. La portada llamativa de mi libro se atrevió a gritar, a hacer señas desesperadas para que lo vieran ―y no se diga del título que a cualquiera lo detienen a pensar―: “Las intermitencias de la muerte” Luego, luego me miró a la cara como si de ella brotara los rasgos de una deprimida persona, como si aquel título me determinara «Uno es lo que lee». Fue lo primero que pensé; traté de responderme a eso con una frase divertida y sagaz, pero con los nervios, nada se me ocurrió. Ahora bien, lo bueno de ello fue que era Saramago y no cualquier escritor de simple etiqueta, pues no me imaginó como un fiel adepto Harripoteano.

Me miró dos segundos y medio, y lo digo de forma específica porque los conté. No niego que era muy hermosa, rasgo por el cual me hacía sentir incomodo; sentía correr la sangre hasta mis orejas. En ese punto, cualquier gesto que intentes para demostrar seguridad parecerá estúpido. Sólo sonreí: estocada perfecta para obligarla a inclinar la mirada, para hacerla sentir también incomoda y comprometida en devolvérmela. No lo hizo. Llevó en esa mirada la fantasía para hundirla en la punta de sus botines.

El aire que filtró por la ventana trajo consigo el aroma de su crema humectante (savia, pepinillo, aloe vera), estaban yuxtapuestas, como notas de clavicémbalo entre un ambiente inquieto, casi virginal, fanfarronero…

“Eres uno más de mis personajes” Me dije en mis adentros, con la diferencia, claro está, que ninguno de ellos me devuelve la mirada. Después fingí dormirme, cerré los ojos un momento y al abrirlos, ya no estaba allí, se había marchado… En la próxima estación, alguien más la remplazó.