Un modesto despertador sonó a las seis treinta de la mañana, acostumbrado al mal trato matutino con sus típicos golpes para silenciarlo. Sonó como una trompeta cerca del oído; su intención era la de un capataz con grito y balde de agua. Fue ignorado.
En los tiempos consecuentes las frazadas picoteaban, pesaban como lozas de hormigón, y los rayos del sol entraron por la ventana con los mismos deseos de fastidiar.
Era martes, o miércoles, o jueves qué más da... Era uno de esos días, de aquellos días que no son días, en los que hasta el saludo más sencillo se vuelve peyorativo; ahí, donde la rutina se muestra en primer plano, donde la mueca más elaborada y pintada se tiñe de hipocresía.
Y el hombre cepilló sus dientes sin la intención de mirarse al espejo, estaba cansado de mirar siempre lo mismo —o quizá era el reflejo el que estaba ya harto de él—: ropa arrugada y cabello enmarañado fueron sólo forro de un ser incorpóreo. En un convexo punto de su juicio, su pensamiento etiquetó, señaló a los ignorantes e iracundos, a los obesos y enanos, miró con desdén a un ejercito de niños desfilando con estruendo en el bloque continúo a los caminos, tomó con delicadeza a la solidaridad y la arrojó por la ventana —la empatía se perdió en un parpadeo—, en el movimiento de sus dedos tejió imaginarias caricias de mazapán y recordó con furia a los pretenciosos filántropos colocando más cerezas a su pastel (sus corazones se habían hinchado de gula). También contempló la buena obra, presa en fundaciones, en templos, en discursos...
En los mares eternos del arte pintó garabatos sobre el icono y el concepto, comprendió la postura indiferente del hombre negando el roce de su dedo con el del creador: con su vestido afeminado en la obra de Miguel Ángel, le aplaudió al Bosco y Blake, alabó a Sade y a Milton. Descansó.
Desechó la música y la poesía, ocultó la sonrisa, empañó los abrazos, y en su bolsillo el beso dormitó.
El hombre juzgó a Dios, miró al cielo y escupió, se armó de amenazas, se ciñó de burlas y coqueteó con la muerte, aplaudió el aborto, justificó la pena capital, le guió un ojo a la eutanasia, comprendió los terremotos, las marejadas y las guerras... se burló del cojo y le susurró chistes sátiros al sordo, le mostró una flor al ciego y le negó la sonrisa a un niño.
Guisó con ajo platillos de amor: lo hizo estofado, lo cosió con limón, le agregó sal y pimienta, lo enrolló y cubrió de vinagre, lo hirvió con leche amarga y con vidrios lo empanizó.
La roca desconoció a la serpiente y la serpiente se incomodó en su guarida. Hubo lluvia y trueno, ceniza y langosta. Ese hombre subyugó su corazón, su oscuro don le permitió conocer la verdadera naturaleza humana, sin antifaz ni maquillaje, sin eufemismos ni etiquetas, supo que todos eran como él, sólo que se esforzaban en no escucharse, pues así les resultaba más cómodo vivir con ellos mismos.